Gotas de mercurio :: 9

Semilla de maíz.
Soy una semilla de maíz.
Estoy puesta aquí por las manos de un nagual. Me ha dejado aquí para que mi sangre, sangre la tierra y germine. Yago en este surco arado por las manos de ese animal mío, ese animal que soy: limpio, oloroso a ocote, idéntico a los terrones de tierra donde fui enterrada. Soy la punta de una espiral. Soy una cicatriz. Soy una gota.
Mi nagual ha arado esta tierra donde yago; esta tierra que me cobija, me nutre, me fecunda; esta tierra donde voy dejando mi piel, mi carne, mis huesos; esta tierra donde sucedo.
Siento el germen latir en mi centro. Mi pequeño tallo recién nacido abriéndose paso desde mí hacia la superficie. Mi pequeño tallo, frágil, que levantará su cuello como quien levanta la cabeza en busca del horizonte, o del mar, o de las cosas imposibles que pueden llegar a su orilla. Mi pequeño tallo que siente niebla por ti, profesor; que siente lluvia, que late en tus labios y en tus sienes. Mi tallo que alzará la vista desperezándose, levantando su sombrero, dejando que tú, profesor, me contemples una vez más. Pero ya no seré yo; o seré yo sin yo: una diminuta mata de maíz con la cara al sol, erguida en mitad de la milpa, cómplice de las yerbas. No habrá entonces heridas en mi piel. No habrá duelo. Sólo, quizá, un rumor de rasguños olvidados, un error embutido en el alma de las cosas, una colmena de ayeres. No habrá duelo porque en su lugar pondré una mariposa atardecida con tu nombre acuestas, profesor, envuelto en malvones, alambre de espinas y lo miel de tus ojos siempre subjetivos: o un manatí melancólico, en cautiverio, para que se haga cargo de nuestras lágrimas y de nuestro exilio.
Seré yerba,
mata de maíz, flora en la lengua de los animales. Lloveré agujas de granizo sobre esta tierra de velorios, sobre este polvo del destino, intentando meterme en tu memoria, mirarte por debajo de la ropa con mi olfato de felina, tocarte con los ojos de mi tallo, nombrar los puntos cardinales de tu vida y hacer un noviembre en cada arista como una santa milagrosa.
Entonces tú vendrás conmigo, profesor,
cobijado de besos, agitando las golondrinas de tu pelvis, recitando poemas de Vallejo. Vendrás con tus ojos que han escarbado en mi tiempo; te harás un hueco en este hueco, te enterrarás aquí, en este lago, en este paraíso ateo que cultivo entre mis piernas. Vendrás, coleccionista de versos, a curiosear en la bahía de mi ombligo donde se escucha el mar cuando acercas el oído
[mi ombligo de vid, de manzana; mi ombligo amado por ti amado por mi ombligo].
Esto será mi cuerpo, profesor: un crío del maíz, un pueblo entero, un momento de jaguares, llovizna, amontonadero de piedras, presagio de tus sueños, un hombre vaciado de momentos, un bicho misterioso que empuña la ceniza de tus huesos, un poeta triste recitando versos que hablarán de aves prehistóricas, una nube que se estira para que la leyenda de mi presencia se haga neblina y te metas todo tú: mi profesor de hispánicas; tú: ciego devoto; tú: piedra de cuarzo; tú: hilo que sutura mis heridas; tu: gota de tierra; voz.
Pero eso será después.
Ahora sólo soy una semilla puesta en este surco de tierra, lastimada, abriéndome. Desde mis heridas brota ya el musgo, la tierra me inunda. Porque estoy hundida en la tierra, profesor, enterrada en la tierra, bañada en tierra, respirando tierra. Un nagual me dejó aquí, navegando en esta carne de tierra que me pudre y me fecunda; esta tierra meridiana, impalpable, surgida de las montañas que bajaron a tocarnos la espalda aquel septiembre en que nos conocimos. Aquí estaré hasta después de las lluvias, cuando los aguaceros den sentido a mi sepultura y levante mi tallo en busca de la luz del sol, en busca del polen de las estrellas.
Pero eso será después. Ahora soy pura fertilidad, el ombligo del mundo, la punta de una espiral, una semilla, una mujer.
La noche tiene para nosotros un bochorno secreto lleno de cometas, profesor. Tiene un derrumbe y un violín huasteco en los brazos tristes de un soldado.
Lo sé.
Lo he visto.
En mis desmayos, en mis crisis, en los sueños posteriores a mis heridas lo he visto. Vi el delirio de los inmortales, y los ecos fulgurantes del amor, y los presagios fatigados de la ausencia, y las barrancas infinitas de la sierra, y las ballenas indivisibles que pastan en tu pensamiento, y las alondras azulosas de tus huellas, y la falsa gloria del falso cielo, y los gritos desaforados del deseo, y los colmillos de los tigres, y mi cuerpo consumido por la tierra. Supe entonces que aún no había terminado de nacer, que mi destino era la semilla, el maíz, la tierra de este pueblo limpio. Y aquí estoy, profesor,
esperándote,
haciéndote un huequito a mi costado.
Un huequito de tierra porque no soy más. Solo mi piel y mi centro. Un corazón latiendo y transformándose en una maraña de raíces que se estiran y escarban en esta tierra que yo elegí. No hay muerte aquí. Aquí sólo hay la humedad del monte, la niebla del monte, el ruido del monte. El monte.
Allá, en aquel lugar diferente a éste, están las cosas del mundo pero no está el mundo. Allá están las hojas de los árboles y el tiempo y los aguaceros y mis padres y mi novio y los trenes y las habitaciones de hotel y esa melodía y tú, profesor. Allá, en ese sitio diferente a éste estás tú, con tus besos y tus versos y tus culpas y tus miedos y tu brutal manera de mirar y de decir. Pero no yo. Yo estoy aquí. Soy una semilla de maíz olorosa a tierra, a pantano. Es este mi mundo ahora:
lodo.
No es pan, ni fruta, ni azúcar, ni música, ni esa melodía que vagamente rebota en alguna esquina de esto que soy.

Antes no era maíz. Un tiempo fui gruta, fragua de espadas, ráfaga incandescente abriendo la carne. Un tiempo fui galope, ácaro, piedra de río mojada, débil. También fui derrumbe y cal, colmena furiosa, perra en celo, cocodrila tibia; y una ramita de araucaria movida por el viento. Un tiempo fui pan, zumbido, pliego de amate, ladrona turbia, páramo, turbina de avión, herida bajo las uñas. También fui escarcha, medias rotas, poema leído con tu voz, profesor… y tu voz, profesor; un tiempo fui tu voz.
Pero ya no,
ahora, enterrada en la tierra de este pueblo limpio,
soy una semilla de maíz esperando la lluvia.




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vengo de un aletazo del monte
aztlán:
un accidente en la zurda de la cordillera
chícales
zopilote
palabra en llamas
salí de la yerba crecida en el pecho de este animal que soy
que he sido
jehuite devorando paredones
apoxcahuando la carne de los años

vengo del ruido de la lluvia rompiendo esperanzas
del divino tormento del refino y sus mentiras buenas
salí a mitad de una noche como a mitad de un suspiro
metidos en la cama dejé mis miedos
con sus tormentos
con el paso de sus pasos

huí porque vengo
vengo porque huí del hallazgo del primer hombre
y de la preñez de la única mujer.



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Gotas de mercurio :: 8

Todo se derrumbó allá afuera, Dorina.
Qué bueno que no estás en esta vigilia porque hace un momento toda la realidad se vino abajo. Sin remedio. Sin sentido. Lo único que permanece ahora es esta habitación con nosotros dentro, a salvo, aislados del mundo en ruinas, metidos en esta burbuja que orbita en torno a un sol que se demora, que se niega a calentar nuestros desesperados huesos. Si intentásemos salir moriríamos perdidos en la nada. Eso me lo enseñaste tú, ¿recuerdas? Hace meses. Aquel día en que nos colamos clandestinamente a tu habitación y después de muchas horas de besos quise salir a darle la cara al mundo. «No salgas, profesor», dijiste, «mientras hacíamos el amor el mundo se fue al carajo y, ahora, allá afuera no hay nada».
Detuve mis pasos.
Hice caso a tus manos que ya me tocaban las piernas, la base de la espalda; ya me guiaban a tu costado tibio. Me tiré a tu lado y me dejé envolver por tu cuerpo montoncito de tierra caliente. Me dejé ahí, como quien deja un pan sobre la mesa:
adentro de tu habitación había mantras, símbolos, frases que te daban identidad escritas en las paredes, libros y una hoja de álamo pendiente de una ramita donde se leía:
La forma y el color de mi corazón;
afuera de tu habitación el desierto y el destierro. La oquedad. La ira de un dios falso, falsificado por la fe de los hombres;
adentro de tu habitación había tu piel, tus cicatrices, los poemas de Vallejo esperando ser leídos, ser nombrados, ser creados, ser inflados con fonemas hasta darles cuerpo;
afuera de tu habitación el delirio, la ciudad ardiendo, el olfato de los lobos en busca de nuestra sangre, la maldición de las nubes negras;
adentro todo tu significado, las palabras que el tiempo ha escrito sobre tu piel y que sólo yo he sabido leer;
afuera la devastación, las leyes de los hombres que no han aprendido a bien.morir;
adentro tus orgasmos, uno a uno, tenuemente, uno a uno, levemente, uno a uno, nubemente;
afuera el frío, la ausencia;
adentro tú
y tu cabello negro, largo, enmarañado a la almohada, a las sábanas, a mis dedos, al espejo del baño, a mis besos, al cristal de la ventana, a mi pupila cautiva; tu cabello tocando cada palabra pronunciada por nosotros; tu cabello enredándose a mis latidos, a mi pasado, al recuerdo del río donde mojaste tus pies de tierra y te echaste a reír debajo de aquel sol pahuateco. «Ven», me pediste aquella ocasión desde tu pequeña piedra.isla [la ropa mojada, la voz mojada].
Fui,
como he ido siempre que me dices ven.
Elisa miau nos miraba desde el puente colgante, nos tomaba fotos, nos decía en voz alta cosas simples. Elisa miau jugaba con su mote y gritaba: «miau, miau», cuando nos besábamos, cuando nos abrazábamos, cuando recogíamos piedritas del fondo de las pequeñas pozas, cuando nos quitábamos el pelo de la cara, cuando jugábamos a salpicarnos con el agua limpia del río limpio de aquel pueblo limpio.
Aún conservo una de aquellas fotos, Dorina. Debes saberlo. Aún tengo tu tristeza impresa en papel, tus ojos inalcanzables, tu cabello selvático, las pequeñas gotas de agua rociando tus hombros, aquel anillo de plata adornando tu dedo.corazón. Elisa miau me regaló la fotografía días después del viaje. «Le haces bien, profesor», me dijo, «mira como sonríe».
Era verdad: brillabas.
En la foto me mirabas como si estuvieras mirando al mar. Sonreías como si estuvieras presenciando algo bello y perenne: el alba, el viento moviendo las hojas de un libro. Llevabas el pantalón remangado hasta las rodillas y hundías tus pies en la pequeña poza, sentada [o puesta ahí], en tu pequeña isla.piedra. Yo, delante de ti, limpiaba tu rostro con las yemas de mis dedos. Dentro de la fotografía yo era feliz; fuera de ella, entonces, también; ahora, no. Ahora la realidad está hecha una inmensa bola de mierda a punto de pasar sobre nosotros. Por eso no debemos salir de esta habitación, Dorina, porque igual que aquella vez en tu cuarto, la realidad se está cayendo a pedazos.
Lo comprobé hace un momento, cuando intenté salir de este: nuestro refugio bueno. Pretendía ir al coche en busca de la foto. La tengo ahí, en la guantera, metida en la funda de los documentos del coche. ¿Lo sabes? ¿Incluso desde tu mundo onírico eres capaz de recordar que tú ahí la guardaste? La contemplaste entre tus manos, abriste la guantera y la acomodaste en la funda de mica para que puedas verme cuando te de la gana, profesor; para que no te olvides tan rápido de mí.
Esa foto fue una de las causas por las que continúe con esta historia, Dorina, porque debes saber que hace algún tiempo intenté soltarte, o mejor, soltarme de ti. Lo intenté como se intentan las cosas trascendentales, es decir, con ardor, con todo el espinazo. Lo intenté a partir de aquella madrugada cuando te encontré tirada en la escalera de tu edificio: ahogada en llanto y marihuana, abandonada, turbia, pasada por alcohol, el cúter en una mano, la herida en la otra. Al día siguiente al salir del hospital llamé a tu padre y una vez más recargó toda su cólera, su culpa, su miedo en usted estúpido profesor abusivo; usted que si tuviera en mis manos un arma ya no existiría; usted abusador, seductor, pedófilo; usted viejo.verde; porque antes de usted no se había hecho tanto daño, antes de usted las heridas eran más superficiales, antes de usted no tenía esa tendencia a llorar mientras llovía, antes de usted no leía cosas tan tristes, antes de usted no escribía cosas tan grises, antes de usted cantaba canciones bajitas, pequeñas, infantiles, mi niña, mi hija, mi astilla. Y yo sin saber qué decir. Cómo. Desde qué sitio. Con qué palabras.
Decidí largarme, Dorina.
Huir.
Poner distancia entre la ira de tu padre y mi humanidad; entre tus cicatrices y mis ganas de salvarte. Decidí alejarme, Dorina, pese a que tu ausencia significaría mi desolación, mi caída. Porque un hombre es incapaz de soportar el duelo de otro hombre; porque un hombre no puede contener el miedo de otro hombre, porque un hombre no es más que un hombre, porque yo sólo soy yo. Pero sobre todo, decidí largarme porque comprendí que si no iba a ser capaz de salvarte, te destruiría.
Me detuvo Elisa miau; o más precisamente, tu fotografía; o mejor aún, la forma en que ahí, en la foto, me mirabas. Dentro de ese hilo de luz que se tendía como telaraña entre tus ojos y los míos hallé una esperanza, una pulsión, un síntoma de vida, una rendija por donde entraban cielos limpios y el vuelo de las aves, los poemas de Vallejo, el aleteo de las mariposas, la niebla con sus pisadas de gata, la amistad de Elisa miau, el piano de Schubert, las palabras que he puesto en tu pupilas, la tierra de Pahuatlán, tu hambre de libros. Por eso volví. Por eso he vuelto siempre. Porque cada vez que intento alejarme,
vuelo,
siempre,
irremediablemente,
a ti,
a tu centro.
Invariablemente vuelvo, Dorina. Oscilo entorno a ti. Atado a ti. Centrifugando en ti. Orbitando en ti. Soy satelital a ti. Muchas veces he intentado largarme, dejar de herirte, dejar de salvarte, pero vuelvo, regreso, giro, rectifico, retorno a ti. Muchas veces, muchas veces, muchas veces, Dorina. Incluso hace unos minutos [¿Lo sabías? ¿Fuiste capaz de percibir mis intensiones?], cuando dije que iba al coche por la fotografía que tengo en la guantera, clandestinamente pretendía largarme, salir de aquí y no volver. Dejarte sola en tu mundo de sueños. Cambiar de facultad de universidad de ciudad de país de continente de hemisferio de planeta. Cambiar de especie. Romper todo vínculo. Dejar de ser yo. Pero no lo conseguí, Dorina, porque afuera el mundo está roto, despojado de sentido, hecho una mierda. Así que en esta realidad únicamente quedamos tú y yo, más solos juntos que separados.
Porque allá fuera el mundo está muerto
y ha comenzado a pudrirse.



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DISERTACIONES SOBRE LOS GLOBOS AEROSTÁTICOS DE PAPEL DE CHINA.
III] En su centro, los globos aerostáticos acunan al crepúsculo y al alba. Están emparentados con la noche, pero no con su nocturnidad.



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